Después de la destrucción de Jerusalén en el año 587 a.C. (2 R. 25:1-21), comenzaron a celebrarse, junto a las ruinas del Templo, ceremonias conmemorativas de la gran catástrofe nacional. En estas celebraciones, la oración y el ayuno se unían a otras manifestaciones de aflicción y de duelo (cf. Jer. 41:5; Zac. 7:3; 8:19), y de ese modo se mantenían vivos, a un mismo tiempo, el recuerdo de aquel trágico acontecimiento y la esperanza en la restauración anunciada por los profetas (cf. Jer. 30 - 31).
miércoles, 21 de enero de 2009
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